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sábado, 3 de septiembre de 2016

BESTIARIO DE CIENCIA FICCIÓN - UNA NUEVA VISIÓN: EL HORROR DE LAS ALTURAS POR SIR ARTHUR CONAN DOYLE (3)

CONTINUACIÓN PARTE 3
Fue en esos momentos cuando me ocurrió una cosa extraordinaria. Sentí que pasaba por mi lado, y que se me adelantaba, algo sibilante, que dejaba un reguero de humo y que estalló con un ruido estrepitoso y siseante, despidiendo una nube de vapor. De momento no pude imaginarme lo que había ocurrido. Luego recordé que la Tierra sufre un constante bombardeo de piedras meteóricas, y que apenas sería habitable si esas piedras no se vaporizaran la mayoría de las veces al entrar en las capas exteriores de la atmósfera. He ahí un peligro más para el aviador de las grandes alturas; lo digo porque pasaron por mi lado otras dos cuando estaba acercándome a la marca de los doce mil metros. No me cabe la menor duda de que ese peligro ha de ser muy grande en el borde de la envoltura de la Tierra.
La aguja de mi barógrafo marcaba doce mil trescientos metros cuando me di cuenta de que ya no podía seguir subiendo. Para mi físico, el esfuerzo no era todavía tan grande como para no soportarlo; pero mi aparato sí que había llegado a su límite. El aire rarificado no presentaba apoyo firme a las alas, y el más mínimo movimiento se convertía en un deslizamiento lateral; los controles respondían como con pereza. Quizá si el motor hubiese funcionado de una manera perfecta hubiésemos podido subir otros trescientos metros, pero seguía teniendo fallos, y dos de los diez cilindros parecían estar inutilizados. Si no había alcanzado aún la zona del espacio que venía buscando, era evidente que ya no tropezaría con ella en este viaje. ¿Y no sería posible que la hubiese alcanzado ya? Cerniéndome en círculo, lo mismo que un colosal halcón, al nivel de los doce mil metros, dejé que el monoplano marchase libre, y me dediqué a observar con cuidado los alrededores con mis prismáticos Mannheim. El firmamento estaba absolutamente limpio, sin indicio alguno de los peligros que yo había supuesto.
He dicho que me cernía trazando círculos. Se me ocurrió de pronto que haría bien en dar una mayor amplitud a esos círculos, trazando una nueva ruta aérea. El cazador que penetra en una selva terrestre la atraviesa cuando busca levantar caza. Mis razonamientos me llevaron a pensar que la selva aérea que yo había supuesto tenía que estar más o menos por encima del Wiltshire. En ese caso, debía de estar hacia el sur y el oeste de donde me encontraba. Me orienté por el sol, puesto que la brújula de nada me servía, y tampoco era visible punto alguno de la Tierra; sólo se distinguía la lejana llanura plateada de nubes. Sin embargo, obtuve la dirección hacia el punto señalado. Calculé que mi provisión de gasolina duraría otra hora, más o menos; pero podía permitirme gastarla hasta la última gota, ya que me era posible en cualquier momento lanzarme en un planeo continuo y magnífico que me condujese hasta la superficie de la Tierra.
De pronto tuve la sensación de algo nuevo para mí. La atmósfera que tenía delante había perdido su transparencia cristalina. Estaba cubierta de manojitos alargados y desflecados de una cosa que yo podría comparar únicamente con las volutas finísimas del humo de cigarrillos. Flotaba formando roscas y guirnaldas, y se retorcía y giraba lentamente a la luz del sol. Cuando el monoplano los atravesó como una flecha, percibí en mis labios un regusto débil de aceite, y en las partes de madera del aparato apareció una espuma grasienta. Se habría dicho que en la atmósfera flotaba una materia orgánica enormemente tenue. Orgánica, pero sin vida, como algo difuso y naciente, que se extendía por miles de metros cuadrados y que se iba desflecando hasta penetrar en el vacío. No; aquello no tenía vida. ¿Y no podrían ser unos restos de vida? Y, sobre todo, ¿no podría ser el alimento de una vida, de una vida monstruosa, de la misma manera que la pobre grasa del océano sirve de alimento a la enorme ballena? Eso iba pensando cuando alcé los ojos y distinguí la más asombrosa visión que se ofreció nunca a los ojos de un hombre. ¿Podré describírsela al lector tal como yo mismo la vi el jueves pasado?
Imagínese el lector una medusa de mar como las que cruzan por nuestros mares en verano, en forma de campana y de un tamaño enorme; mucho más voluminosa, por lo que a mí me pareció, que la cúpula de la iglesia de San Pablo. Su color era ligeramente sonrosado, con venas de un fino color verde; pero el conjunto de aquella colosal construcción era tan tenue que apenas se vislumbraba su silueta sobre el fondo azul oscuro del firmamento.
Un ritmo suave y regular marcaba sus pulsaciones. De ese cuerpo enorme colgaban dos tentáculos verdes y fláccidos que se balanceaban con lentitud hacia atrás y hacia adelante. Esa visión magnífica cruzó suavemente, con silenciosa majestad, por encima de mi cabeza; era tan ingrávida y frágil como una pompa de jabón, y se deslizó majestuosa por su ruta.
Yo había impreso un medio viraje a mi monoplano, a fin de poder seguir contemplando aquel ser grandioso; de pronto, y de forma instantánea, me encontré en medio de una escuadra de otros similares, de todos los tamaños, aunque ninguno de la magnitud del primero. Algunos eran pequeñísimos, pero la mayoría tenía más o menos el volumen de un globo aerostático corriente, con idéntica curvatura en la parte superior. Se observaba en ellos una finura de grano y de color que me trajo a la memoria los espejos venecianos de mejor calidad. Los matices predominantes eran el rosa y el verde, pero todos mostraban encantadoras iridiscencias allí donde el sol brillaba a través de sus formas delicadas. Cruzaron, dejándome atrás, algunos centenares de esos seres, formando una escuadra fantástica y maravillosa de bajeles sorprendentes y desconocidos en el océano del firmamento. Eran unas criaturas cuyas formas y sustancia se hallaban tan a tono con aquellas alturas serenas que no podía concebirse cosa tan delicada dentro del radio visual y de sonido de nuestra tierra.
Pero un nuevo fenómeno atrajo casi en seguida mi atención: el de las serpientes de las regiones exteriores de la atmósfera. Eran éstas unas espirales largas, delgadas y fantásticas de una materia vaporosa, que giraban y se enroscaban con gran rapidez, volando y retorciéndose sobre sí mismas con tal velocidad que mis ojos apenas podían seguirlas. Algunos de esos seres fantasmales tenían seis o nueve metros de largo, y era difícil calcular su grosor, porque sus diluidos perfiles parecían esfumarse en la atmósfera que las rodeaba. Esas serpientes aéreas eran de un color gris muy claro, del color del humo, advirtiéndose en su interior algunas líneas más oscuras, que producían la impresión de un auténtico organismo. Una de esas serpientes pasó rozándome casi la cara. Tuve la sensación de un contacto frío y viscoso; pero la composición era tan impalpable que no me sugirió la idea de ninguna clase de peligro físico, como tampoco me lo sugirieron los bellos seres acampanados que los habían precedido. Su contextura no ofrecía solidez mayor que la espuma flotante que deja una ola al romperse.
Pero me esperaba otra experiencia más terrible. Dejándose caer ingrávida desde una gran altura, vino hacia mí una mancha vaporosa y purpúrea. Cuando la vi por vez primera me pareció pequeña, pero se fue agrandando con rapidez mientras se me aproximaba, hasta llegar a ser de centenares de metros cuadrados de extensión. Aunque moldeada en alguna sustancia transparente y como gelatinosa, tenía contornos mucho más marcados y una consistencia más sólida que todo lo que había visto antes. Se advertían también detalles de que poseía una organización física; destacaban de una manera especial dos láminas circulares, enormes y sombreadas, a uno y otro lado, que podían ser sus ojos, y entre las dos láminas un saliente blanco perfectamente sólido, que presentaba la curvatura y la crueldad del pico de un buitre.
El aspecto general de aquel monstruo era terrible y amenazador; cambiaba constantemente de colores, pasando desde un malva muy claro hasta un púrpura sombrío e irritado, tan espeso que, al interponerse entre mi monoplano y el sol, proyectó una sombra. En la curva superior de su cuerpo inmenso se distinguían tres grandes salientes, que sólo se me ocurre comparar con enormes burbujas, y al contemplarlas quedé convencido de que estaban repletas de algún gas extraordinariamente ligero, con el fin de sostener la masa informe y semisólida que flota en el aire rarificado.
Aquel ser avanzó rápido, manteniéndose paralelo al monoplano y siguiendo fácilmente su misma velocidad; me escoltó en un trecho de más de veinte millas, cerniéndose sobre mí como ave de presa que espera el instante de lanzarse sobre su víctima. Su sistema de avance —tan rápido que no era fácil seguirlo— consistía en proyectar delante de él un saliente largo y gelatinoso que, a su vez, parecía tirar hacia sí el resto de aquel cuerpo que se contorsionaba constantemente. Era tan elástico y gelatinoso que no ofrecía en dos momentos sucesivos idéntica conformación, y, sin embargo, a cada nuevo cambio parecía más amenazador y repugnante.
Me di cuenta de que traía malas intenciones. Lo pregonaba con los sucesivos aflujos purpúreos de su repugnante cuerpo. Aquellos ojos difusos y salientes, vueltos siempre hacia mí, eran fríos e implacables dentro de su rencorosa solidez. Lancé mi monoplano en picada para huir de aquello. Al hacer yo esa maniobra, se disparó con la rapidez de un relámpago desde aquella masa de burbuja flotante un largo tentáculo y cayó tan rápido y sinuoso como un trallazo sobre la parte delantera de mi aparato. Al apoyarse por un instante sobre el ardiente motor, se oyó un ruidoso silbido, y el tentáculo se retiró con la misma rapidez, y el cuerpo enorme y sin relieve se encogió como acometido de un dolor súbito. Yo me dejé caer en picada; pero el tentáculo volvió a descargarse sobre mi monoplano, y la hélice lo cortó con la misma facilidad que habría cortado una voluta de humo. Una espiral larga, reptante, pegajosa, parecida al anillo de una serpiente, me agarró por detrás, rodeó mi cintura y comenzó a arrastrarme fuera del fuselaje. Yo pugné por libertarme; mis dedos se hundieron en la superficie viscosa, gelatinosa, y logré desembarazarme por un instante de aquella presión; sólo por un instante, porque otro anillo me aferró por una de mis botas y me dio tal tirón que casi me hizo caer de espaldas.
En ese momento disparé los dos cañones de mi escopeta, aunque era lo mismo que atacar a un elefante con una honda, pues no se podía suponer que ningún arma humana dejara lisiado a aquel volumen gigantesco. Sin embargo, mi puntería fue mejor de lo que yo podía imaginar; una de las grandes ampollas o burbujas que aquel ser tenía en lo alto de la espalda estalló con una tremenda explosión al ser perforada por los proyectiles de mi escopeta. Había acertado en mi suposición: aquellas vejigas enormes y transparentes encerraban un gas que las distendía con su fuerza elevadora. El cuerpo enorme y de aspecto de nube cayó instantáneamente de costado, en medio de retorcimientos desesperados para volver a encontrar el equilibrio, y mientras tanto el pico blanco castañeteaba y jadeaba, presa de una furia espantosa.
Pero yo había huido, lanzándome por el plano más agudo que me atreví a buscar; mi motor a toda marcha, y la hélice en plena propulsión, unidos a la fuerza de gravedad, me lanzaron hacia tierra lo mismo que un meteorito. Al volver la vista, vi que la mancha informe y purpúrea se empequeñecía rápidamente hasta fundirse en el azul del firmamento que dejaba atrás. Yo me encontraba fuera de la selva mortal de la región exterior de la atmósfera.
Cuando me vi fuera de peligro, cerré la válvula del combustible del motor, porque no hay nada que destroce con tanta rapidez un avión como lanzarse con toda la potencia del motor desde gran altura. El mío fue un vuelo planeado magnífico, en espiral, desde casi diez mil metros de altura primero, hasta el nivel del banco de nubes de plata; después, hasta la nube tormentosa del estrato inferior, y, por último, atravesando los goterones de lluvia, hasta la superficie de la tierra. Al salir de las nubes, distinguí por debajo de mí el canal de Bristol; pero como aún me quedaba en el depósito algo de gasolina, me metí veinte millas tierra adentro antes de aterrizar en un campo que quedaba a media milla de la aldea de Ashcombe. Un automóvil que pasaba por allí me cedió tres latas de gasolina, y a las seis y diez minutos de aquella tarde logré posarme suavemente en un prado de mi propia casa, en Devizes, después de una excursión que ningún ser humano ha realizado jamás, quedando con vida para contarlo. He visto la belleza y he visto también el espanto de las alturas; no existe al alcance del Hombre una belleza mayor y un espanto mayor que ésos.
Pues bien: tengo el proyecto de retornar a esas alturas antes de anunciar al mundo lo que he descubierto. Me mueve a ello mi necesidad de mostrar algo tangible, a manera de prueba, antes de dar a conocer a los hombres lo que he relatado. Es cierto que pronto otros seguirán mi camino y traerán la confirmación de lo que he afirmado; pero quisiera convencer a todos desde el primer momento. No creo que resulte difícil la captura de aquellas encantadoras burbujas iridiscentes del aire. Se dejan arrastrar con tanta lentitud en su carrera que un monoplano rápido no tendría dificultad alguna en interceptarlas. Es muy probable que se disuelvan en las capas más densas de la atmósfera, en cuyo caso todo lo que yo podría traer a tierra sería un montoncito de jalea amorfa. Sin embargo, no dejaría de ser algo que proporcione consistencia a mi relato. Sí, volveré a subir, aunque con ello corra un peligro. No parece que abunden esos espantables seres purpúreos. Es probable que no tropiece con ninguno; pero si tropiezo, me zambulliré en el acto hacia la tierra. En el peor de los casos, dispongo siempre de mi escopeta y sé que debo apuntar...»

Aquí falta, por desgracia, una página del manuscrito. En la siguiente, con letras grandes e inseguras, aparecen estas líneas:

« ...doce mil novecientos metros. No volveré a ver tierra. Por debajo de mí hay tres de esos seres. ¡Que Dios me valga, porque será morir de muerte espantosa!»


Tal es, al pie de la letra, el relato de Joyce-Armstrong. De su autor nada ha vuelto a saberse. En el coto de mister Budd-Lushington, en los límites de Kent y de Sussex, a pocas millas del lugar en que fue encontrado el cuaderno, se han recogido algunas piezas de su monoplano destrozado. Si resulta cierta la hipótesis del desdichado aviador sobre la existencia de lo que él llama "selva aérea" en un espacio limitado de las regiones atmosféricas que quedan encima del sudoeste de Inglaterra, se deduciría de ello que Joyce-Armstrong lanzó su monoplano a toda velocidad para salir de ella, pero fue alcanzado y devorado por aquellos seres espantosos en algún lugar por debajo de la atmósfera exterior y por encima del sitio en el que fueron encontrados esos tristes restos. Una persona que aprecie su equilibrio cerebral preferiría no hacer hincapié en el cuadro de aquel monoplano resbalando a toda velocidad cielo abajo, perseguido por unos seres espantosos e innominados que se deslizaban con igual rapidez por debajo de él, cortándole siempre el camino de la tierra y estrechando poco a poco el cerco de su víctima. Sé muy bien que son muchos los que todavía se burlan de los hechos que acabo de relatar; pero incluso quienes se mofan tendrán que reconocer, por fuerza, que Joyce-Armstrong ha desaparecido, y yo les recomendaría que hiciesen caso de las palabras que escribió: «Este cuaderno podrá servir de explicación de lo que intento hacer, y de cómo perdí mi vida al intentarlo. Pero, por favor, señores: nada de estúpidas chácharas acerca de accidentes y misterios ».
FIN

martes, 5 de julio de 2016

BESTIARIO DE CIENCIA FICCIÓN - UNA NUEVA VISIÓN: EL HORROR DE LAS ALTURAS POR SIR ARTHUR CONAN DOYLE (1)


De la pluma de este reconocido escritor aunque no tan famoso medico, mucho más conocido por el celebre Detective de Baker Street al que dio vida, más que por cualquiera de sus otros muchos trabajos. Hoy les presento esta terrible historia, que como él lo sabe hacer te atrapa y de lo más convencional hace algo muy entramado y te enseña que siempre hay que mirar con muchísima atención y más de una vez las cosas antes de determinar lo que realmente pueden ser o significar. 
Esta obra no figura en el bestiario de Silverberg, pero como había comentado antes, algunos relatos los he ido agregando yo, este es uno de ellos. Quizá la mayoría piense que raya más en el horror que en la ciencia ficción, pero después de leerlo y recordando algunos casos de "ufos biológicos" avistados principalmente en Sudamérica, puede que a más de uno nos haga mirar al cielo de forma diferente.
El horror de las alturas
Sir Arthur Conan Doyle
The Horror of the Heights, © 1913 (Axxón 177 - septiembre de 2007). Traducción de ....
Arthur Ignatius Conan Doyle (Edimburgo, Escocia; 22 de mayo de 1859 – Crowborough, Inglaterra; 7 de julio de 1930), fue un escritor escocés célebre por la creación del personaje de Sherlock Holmes, detective de ficción famoso en el mundo entero.

Ha quedado descartada por cuantos han entrado a fondo en el estudio del caso la idea de que el extraordinario relato conocido con el nombre de Notas fragmentarias de Joyce-Armstrong sea una complicada y macabra broma tramada por un desconocido que poseía un perverso sentido del humor. Hasta el maquinador más fantástico y tortuoso vacilaría ante la perspectiva de ligar sus morbosas alucinaciones con sucesos trágicos y fehacientes para darles una mayor credibilidad. A pesar de que las afirmaciones hechas en esas notas sean asombrosas y lleguen incluso hasta la monstruosidad, lo cierto es que la opinión general se está viendo obligada a darlas por auténticas, y resulta imprescindible que reajustemos nuestras ideas de acuerdo con la nueva situación. Según parece, este mundo nuestro se encuentra ante un peligro por demás extraño e inesperado, del que únicamente lo separa un margen de seguridad muy ligero y precario. En este relato, en el que se transcribe el documento original en su forma, que es por fuerza algo fragmentaria, trataré de exponer ante el lector el conjunto de los hechos hasta el día de hoy, y como prefacio a lo que voy a narrar, diré que si alguien duda de lo que cuenta Joyce-Armstrong no puede ponerse ni por un momento en tela de juicio todo cuanto se refiere al teniente Myrtle, R. N. y a mister Harry Connor, que halló su fin, sin ninguna duda posible, de la manera que en el documento se describe.
Las Notas fragmentarias de Joyce-Armstrong fueron encontradas en el campo conocido con el nombre de Lower Haycook, que queda a una milla al oeste de la aldea de Withyham, en la divisoria de los condados de Kent y de Sussex. El día 15 del pasado mes de septiembre, James Flynn, un peón de labranza que trabaja con el agricultor Mathew Dodd, de la granja Chanutry, de Withyham, vio una pipa de palo de rosa cerca del sendero que rodea el cierre de arbustos de Lower Haycook. A pocos pasos de distancia recogió unos prismáticos rotos. Por último, distinguió entre algunas ortigas que había en el canal lateral un libro poco abultado, con tapas de lona, que resultó ser un cuaderno de hojas desprendibles, algunas de las cuales se habían soltado y se movían aquí y allá por la base de la cerca. El campesino las recogió, pero algunas de esas hojas, y entre ellas la que debía ser la primera del cuaderno, no se encontraron por más que se las buscó, y esas páginas perdidas dejan un vacío lamentable en este importantísimo relato. El peón entregó el cuaderno a su amo, y éste, a su vez, se lo mostró al doctor H. M. Atherton, de Hartfield. Este caballero comprendió en el acto la necesidad de que tal documento fuese sometido al examen de un técnico, y con ese objeto lo hizo llegar al Club Aéreo de Londres, donde se encuentra actualmente.
Faltan las dos primeras páginas del manuscrito, y también ha sido arrancada la página final en que termina el relato; sin embargo, su pérdida no le hace perder coherencia. Se supone que las primeras exponían en detalle los títulos que como aeronauta poseía mister Joyce-Armstrong, pero esos títulos pueden buscarse en otras fuentes, siendo algo reconocido por todos que nadie lo superaba entre los muchos pilotos aéreos de Inglaterra. Mister Joyce-Armstrong gozó durante muchos años la reputación de ser el más audaz y el más cerebral de los aviadores. Esa combinación de cualidades lo puso en condiciones de inventar y de poner a prueba varios dispositivos nuevos, entre los que está incluido el hoy corriente mecanismo giroscópico bautizado con su apellido. La parte principal del manuscrito está escrita con tinta y buena letra, pero, unas cuantas líneas del final lo están a lápiz y con letra tan confusa que resultan difíciles de leer. Para ser exactos, diríamos que están escritas como si hubiesen sido garrapateadas apresuradamente desde el asiento de un aeroplano en vuelo. Conviene que digamos también que hay varias manchas, tanto en la última página como en la tapa exterior, y que los técnicos del Ministerio del Interior han dictaminado que se trata de manchas de sangre, sangre humana probablemente y, sin duda alguna, de animal mamífero. Como en esas manchas de sangre se descubrió algo que se parece extraordinariamente al microbio de la malaria, y como se sabe que Joyce-Armstrong padecía de fiebres intermitentes, podemos presentar el caso como un ejemplo notable de las nuevas armas que la ciencia moderna ha puesto en manos de nuestros detectives.
Digamos ahora algunas palabras acerca de la personalidad del autor de este relato que hará época. Según lo que afirman los pocos amigos que sabían en verdad algo de Joyce-Armstrong, era un poeta y soñador, además de mecánico e inventor. Disponía de una fortuna importante, y había invertido buena parte de ella en su afición al vuelo. En sus cobertizos de las proximidades de Devizes tenía cuatro aeroplanos particulares, y se asegura que en el transcurso del año pasado realizó no menos de ciento setenta vuelos. Era hombre reservado y sufría de accesos de misantropía. En esos accesos esquivaba el trato con los demás. El capitán Dangerfield, que era quien más a fondo lo trataba, afirma que en ciertos momentos la excentricidad de su amigo amenazaba con adquirir contornos de algo más grave. Una manifestación de esa excentricidad era su costumbre de llevar una escopeta en su aeroplano.
Otro detalle característico era la impresión morbosa que produjo el accidente del teniente Myrtle en sus facultades. Éste había caído desde una altura aproximada de novecientos metros, cuando intentaba superar la marca. Aunque su cuerpo conservó su apariencia de tal, la verdad horrible fue que no quedó el menor rastro de su cabeza. Joyce-Armstrong, según cuenta Dangerfield, planteaba en toda reunión de aviadores la siguiente pregunta, subrayada con una enigmática sonrisa: ¿Quieren decirme a dónde fue a parar la cabeza de Myrtle?
En otra ocasión, estando de sobremesa en el comedor común de la Escuela de Aviación de Salisbury Plain, planteó un debate acerca de cuál sería el mayor peligro permanente con el que tendrían que enfrentarse los aviadores. Después de escuchar las opiniones que se fueron exponiendo acerca de los baches aéreos, la construcción defectuosa y la pérdida de velocidad, al llegarle el turno para exponer su opinión se encogió de hombros y rehusó hacerlo, dejando la impresión de que no estaba conforme con ninguna de las expuestas por sus compañeros.
No estará de más que digamos que, al examinar sus asuntos particulares después de la total desaparición de este aviador, se vio que lo tenía todo arreglado con tal precisión que parece indicar que había tenido una fuerte premonición de la catástrofe. Hechas estas advertencias esenciales, paso a copiar la narración al pie de la letra, empezando en la página tercera del ensangrentado cuaderno:

« ...sin embargo, durante mi cena en Reims con Coselli y con Gustavo Raymond, pude convencerme de que ni el uno ni el otro habían percibido ningún peligro especial en las capas más altas de la atmósfera. No les expuse lo que pensaba; pero como estuve tan próximo a ese peligro, tengo la seguridad de que si ellos lo hubiesen percibido de una manera parecida, habrían expuesto, sin duda alguna, lo que les había ocurrido. Ahora bien; esos dos aviadores son hombres vanidosos que sólo piensan en ver sus nombres en los periódicos. Es interesante hacer constar que ni el uno ni el otro pasaron nunca mucho más allá de los seiscientos metros de altura. Todos sabemos que en algunas ascensiones en globo y en la escalada de montañas se ha llegado a cifras más elevadas. Tiene que ser bastante más allá de esa altura cuando el aeroplano penetra en la zona de peligro, dando siempre por bueno el que mis conjeturas y corazonadas sean exactas.
La aviación se practica entre nosotros desde hace más de veinte años, y surge en el acto la siguiente pregunta: ¿Por qué este peligro no se ha descubierto hasta el día de hoy? La respuesta es evidente. Antaño, cuando se pensaba que un motor de cien caballos de las marcas Gnome o Green bastaba y sobraba para todas las necesidades, los vuelos eran muy limitados. En la actualidad, cuando el motor de trescientos caballos es la regla y no la excepción, el vuelo hasta las capas superiores de la atmósfera se ha hecho fácil y es más corriente. Algunos de nosotros podemos recordar que, siendo jóvenes, Garros conquistó celebridad mundial alcanzando los mil novecientos pies de altura y que se juzgó como hazaña extraordinaria el sobrevuelo de los Alpes. En la actualidad, la norma corriente es inmensamente más elevada, y se hacen veinte vuelos de altura al año por cada uno de los que se hacían en épocas pasadas. Muchos de esos vuelos de altura se han acometido sin problema alguno. Se han alcanzado los novecientos metros una y otra vez, sin más molestias que el frío y la dificultad de respirar. ¿Qué demuestra esto? Un visitante ajeno a nuestro planeta podría realizar mil descensos en éste sin ver jamás un tigre. Sin embargo, los tigres existen, y si ese visitante descendiera en el interior de una selva, quizá fuese devorado por ellos. Pues bien: en las regiones superiores del aire existen selvas y habitan en ellas cosas peores que los tigres. Yo creo que se llegará, andando el tiempo, a trazar mapas exactos de esas selvas y junglas. Hoy mismo podría yo citar los nombres de dos de ellas. Una se extiende sobre el distrito Pau-Biarritz, en Francia: la otra queda exactamente sobre mi cabeza en este momento, cuando escribo estas líneas en mi casa de Wiltshire. Y estoy por creer que existe otra en el distrito de Homburg-Wiesbaden.

Empecé a pensar en el problema al ver cómo desaparecían algunos aviadores. Claro está que todo el mundo aseguraba que habían caído en el mar; pero yo no me quedé en modo alguno satisfecho con esa explicación. Por ejemplo, el caso de Verrier en Francia: su aparato fue encontrado en las proximidades de Bayona, pero nunca se descubrió el paradero de su cadáver. Vino después el caso de Baxter, que desapareció, aunque su motor y una parte de la armazón de hierro fueron descubiertos en un bosque de Leicestershire. El doctor Middleton, de Amesbury, que seguía el vuelo de ese aviador por medio de un telescopio, declara que un momento antes de que las nubes ocultasen el campo visual, vio cómo el aparato, que se encontraba a enorme altura, picó súbitamente en línea perpendicular hacia arriba, y dio una serie de respingos sucesivos de que él jamás habría creído capaz a un aeroplano. Esa fue la última visión que se tuvo de Baxter. Se publicaron cartas en los periódicos, pero no se llegó a nada concreto. Ocurrieron otros casos similares, y de pronto se produjo la muerte de Harry Connor. ¡Qué alboroto se armó a propósito del misterio sin resolver que se encerraba en los aires, y cuántas columnas se imprimieron a ese respecto en los periódicos populares; pero qué poco se hizo para llegar hasta el fondo mismo del problema! Harry Connor descendió desde una altura ignorada y lo hizo en un fantástico planeo. No salió del aparato y murió en su asiento de piloto. ¿De qué murió? Enfermedad cardiaca, dijeron los médicos. ¡Tonterías! El corazón de Connor funcionaba tan a la perfección como funciona el mío. ¿Qué fue lo que dijo Venables? Venables fue el único que estaba al lado de Connor cuando murió. Dijo que el piloto temblaba, y daba la impresión de un hombre que ha sufrido un susto terrible. Murió de miedo, afirmó Venables; pero no podía imaginarse qué fue lo que le asustó. Una sola palabra pronunció el muerto delante de Venables; una palabra que sonó algo así como monstruoso. En la investigación judicial no lograron sacar nada en limpio. Pero yo sí que pude sacar. ¡Monstruos! Esa fue la última palabra que pronunció el pobre Harry Connor. Y, en efecto, murió de miedo, tal y como opinó Venables. Tenemos luego el caso de la cabeza de Myrtle. ¿Creen ustedes —cree en realidad alguien— que la fuerza de la caída desde lo alto puede arrancar limpiamente a una persona la cabeza del resto del cuerpo? Bien; quizá eso sea posible, pero yo al menos no he creído nunca que a Myrtle le ocurriese una cosa semejante. Tenemos, además, la grasa con que estaban manchadas sus ropas; alguien declaró en la investigación que estaban pegajosas de grasa. ¡Y pensar que esas palabras no intrigaron a nadie! A mí sí que me hicieron meditar, aunque, a decir verdad, ya pensaba en eso hace bastante tiempo. He llevado a cabo tres vuelos de altura, pero nunca llegué a la suficiente. ¡Cuántas bromas me dirigía Dangerfield a propósito de mi escopeta! En la actualidad, disponiendo como dispongo de este aparato ligero de Paul Veroner, con su motor Robur de ciento setenta caballos, podría alcanzar fácilmente mañana mismo los novecientos metros. Llevaré mi escopeta al tratar de superar esa marca, y quizá al mismo tiempo de apuntar a otra cosa. Es peligroso, sin duda alguna. Quien no quiera correr peligros es mejor que renuncie por completo a volar y que se acoja a las zapatillas de franela y al batín. Pero yo haré mañana una visita a la selva de la atmósfera, y si hay algo oculto en ella lo descubriré. Si vuelvo de la escalada, me habré convertido en hombre bastante célebre. Si no regreso, este cuaderno podrá servir de explicación de lo que intento hacer, y de cómo perdí mi vida al intentarlo. Pero, por favor, señores: nada de estúpidas chácharas acerca de accidentes y misterios.
CONTINUARA

martes, 21 de junio de 2016

BESTIARIO DE CIENCIA FICCIÓN - UNA NUEVA VISIÓN: EN LAS PROFUNDIDADES DE ARTHUR C. CLARKE

Siguiendo con la antología Bestiario les dejo el relato del día, disfrutenlo.
Arthur C. Clarke
The deep range, © 1954 (Argosy, Abril de 1954). Traducción de Joseph Ferrer i Aleu en Cuentos del planeta Tierra, Colección VIB 17/1, Ediciones B S.A., 1992.

Escribí el cuento En las profundidades en 1954, mucho antes del casi obsesivo interés actual por la exploración y la explotación de los océanos. Un año después fui al Great Barrier Reef, tal como expliqué en The coast of coral (La costa de Coral). Aquella aventura me dio ímpetu –y datos– para ampliar el cuento en una novela del mismo título, que terminé después de fijar mi residencia en Ceilán (hoy Sri Lanka).
Por esta razón, nunca volví a publicar el cuento original en ninguna de mis colecciones, y hoy ofrezco a los esperanzados aspirantes a doctores en Literatura Inglesa la oportunidad de «comparar y contrastar».
La idea de reunir en manadas a las ballenas es algo que aún no ha llegado, pero me pregunto si algún día llegará. En el curso del último decenio, las ballenas han adquirido tanto prestigio que la mayoría de los europeos y de los americanos antes comerían hamburguesas de perro o de gato que carne de ballena. Yo la probé una vez durante la Segunda Guerra Mundial: sabía a carne de vaca bastante dura.
Sin embargo, hay un producto de las profundidades que podría consumirse sin escrúpulos morales. ¿Qué les parecería un batido de leche de ballena?
Arthur C. Clarke

Había un asesino suelto en la zona. Un helicóptero de patrulla había visto a ciento cincuenta kilómetros de la costa de Groenlandia, el gran cadáver tiñendo el agua de rojo mientras flotaba en las olas. A los pocos segundos se había puesto en funcionamiento el intrincado sistema de alerta: los hombres trazaban círculos y movían piezas sobre la carta del Atlántico Norte, y Don Burley aún se estaba frotando los ojos cuando descendió en silencio hasta treinta metros de profundidad. Las luces verdes del tablero eran un símbolo resplandeciente de seguridad. Mientras esto no cambiase, mientras ninguna de las luces esmeralda pasara al rojo, todo iría bien para Don y su pequeña embarcación. Aire, carburante, fuerza: éste era el triunvirato que regía su vida. Si fallaba uno, descendería en un ataúd de acero hasta el cieno pelágico, como le había pasado a Johnnie Tyndall la penúltima temporada. Pero no había motivo para que fallasen; los accidentes que uno preveía, se dijo Don para tranquilizarse, no ocurrían nunca.
Se inclinó sobre el tablero de control y habló por el micro. Sub 5 aún estaba lo bastante cerca de la nave nodriza como para alcanzarla por radio, pero pronto tendría que pasar a los sónicos.
–Pongo rumbo 255, velocidad 50 nudos, profundidad 30 metros, el sonar en pleno funcionamiento... Tiempo calculado hasta el sector de destino, 70 minutos... Informaré a intervalos de 10 minutos. Esto es todo... Cambio.
La contestación, ya debilitada por la distancia, llegó al momento desde el Herman Melville.
–Mensaje recibido y comprendido. Buena caza. ¿Qué hay de los sabuesos?
Don se mordisqueó el labio inferior, reflexionando. Esto podía ser un trabajo que tuviese que hacer él solo. No tenía idea de dónde estaban en este momento Benj y Susan, en un radio de ochenta kilómetros. Lo seguirían sin duda si les hacía la señal, pero no podrían mantener su velocidad y pronto se quedarían atrás. Además, podía encontrarse con una pandilla de asesinos y lo último que quería era poner en peligro a sus marsopas cuidadosamente adiestradas. Era lógico y sensato. También apreciaba mucho a Susan y a Benj.
–Está demasiado lejos y no sé en qué voy a meterme –respondió–. Si están en el área de interceptación cuando llegue allí, puede que los llame.
Apenas pudo oír el asentimiento de la nave nodriza, y Don apagó la radio. Era hora de mirar a su alrededor.
Bajó las luces de la cabina para poder ver más claramente la pantalla del sonar, se caló la gafas Polaroid y escudriñó las profundidades. Éste era el momento en que Don se sentía como un dios, capaz de abarcar entre las manos un círculo de treinta kilómetros de diámetro del Atlántico, y de ver con claridad las todavía inexploradas profundidades, a cinco mil metros por debajo de él. El lento rayo giratorio de sonido inaudible estaba registrando el mundo en el que él flotaba, buscando amigos y enemigos en la eterna obscuridad donde jamás podía penetrar la luz. Los chillidos insonoros, demasiado agudos incluso para el oído de los murciélagos que habían inventado el sonar un millón de años antes que el hombre, latieron en la noche del mar: los débiles ecos se reflejaron en la pantalla como motas flotantes verdeazuladas.
Gracias a su mucha práctica, Don podía leer su mensaje con toda facilidad. A trescientos metros debajo de él, extendiéndose hasta el horizonte sumergido, estaba la capa de vida que envolvía la mitad del mundo. El prado hundido del mar subía y bajaba con el paso del sol, manteniéndose siempre al borde de la obscuridad. Pero las últimas profundidades no le interesaban. Las bandadas que guardaba y los enemigos que hacían estragos en ellas, pertenecían a los niveles superiores del mar.
Don pulsó el interruptor del selector de profundidad y el rayo del sonar se concentró automáticamente en el plano horizontal. Se desvanecieron los resplandecientes ecos del abismo, pero pudo ver más claramente lo que había aquí, a su alrededor, en las alturas estratosféricas del océano. Aquella nube reluciente a tres kilómetros delante de él era un banco de peces; se preguntó si la Base estaba enterada de esto, y puso una nota en su cuaderno de bitácora. Había algunas motas más grandes y aisladas al borde del banco: los carnívoros persiguiéndolo, asegurándose de que la rueda eternamente giratoria de la vida y la muerte no perdiese nunca su impulso. Pero este conflicto no era de la competencia de Don; él perseguía una caza mayor.
Sub 5 siguió navegando hacia el oeste, como una aguja de acero más rápida y mortífera que cualquiera de las otras criaturas que rondaban por los mares. La pequeña cabina, iluminada tan sólo por el resplandor de las luces del tablero de instrumentos, vibraba con fuerza al expulsar el agua las turbinas. Don examinó la carta y se preguntó cómo había podido penetrar esta vez el enemigo. Todavía había muchos puntos débiles, pues vallar los océanos del mundo había sido una tarea gigantesca. Los tenues campos eléctricos, extendidos entre generadores a muchas millas de distancia los unos de los otros, no podían mantener siempre a raya a los hambrientos monstruos de las profundidades. Éstos también estaban aprendiendo. Cuando se abrían las vallas, se deslizaban a veces entre las ballenas y hacían estragos antes de ser descubiertos.
El receptor de larga distancia hizo una señal que parecía un lamento, y Don marcó TRANSCRIBA. No era práctico transmitir palabras a cualquier distancia por un rayo ultrasónico, y además en clave. Don nunca había aprendido a interpretarla de oídas, pero la cinta de papel que salía de la rendija le solucionó esta dificultad.
HELICÓPTERO INFORMA MANADA. 50-100 BALLENAS DIRIGIÉNDOSE 95 GRADOS REF CUADRÍCULA X186475 Y438034 STOP. A GRAN VELOCIDAD. STOP. MELVILLE. CORTO.
Don empezó a poner las coordenadas en la cuadrícula, pero entonces vio que ya no era necesario. En el extremo de su pantalla había aparecido una flotilla de débiles estrellas. Alteró ligeramente el curso y puso rumbo a la manada que se acercaba.
El helicóptero tenía razón: se movían de prisa. Don sintió una creciente excitación, pues esto podía significar que huían y atraían a los asesinos hacia él. A la velocidad en que viajaban, estaría entre ellas dentro de cinco minutos. Apagó los motores y sintió el tirón hacia atrás del agua que lo detuvo muy pronto.
Don Burley, caballero de punta en blanco, permaneció sentado en su pequeña habitación débilmente iluminada, a quince metros por debajo de las brillantes olas del Atlántico, probando sus armas para el inminente conflicto. En aquellos momentos de serena tensión, antes de empezar la acción, su cerebro excitado se entregaba a menudo a estas fantasías. Se sentía pariente de todos los pastores que habían cuidado los rebaños desde la aurora de los tiempos. Era David, en los antiguos montes de Palestina, alerta contra los leones de montaña que querían hacer presa en las ovejas de su padre. Pero más cercanos en el tiempo, y sobre todo su espíritu, estaban los hombres que habían conducido las grandes manadas de reses en las llanuras americanas hacía tan sólo unas pocas generaciones. Ellos habrían comprendido su trabajo, aunque sus instrumentos les habrían parecido mágicos. La escena era la misma; sólo había cambiado la escala. No existía ninguna diferencia fundamental en que los animales al cuidado de Don pesasen casi cien toneladas y pastaran en las sabanas infinitas del mar.
La manada estaba ahora a menos de tres kilómetros de distancia y Don comprobó el continuo movimiento del sonar para concentrarlo en el sector que tenía delante. La imagen de la pantalla adoptó una forma de abanico cuando el rayo de sonar empezó a oscilar de un lado a otro; ahora podía contar el número de ballenas e incluso calcular su tamaño con bastante exactitud. Con ojos avezados empezó a buscar las rezagadas.
Don jamás hubiese podido explicar qué atrajo al instante su atención hacia los cuatro ecos en el borde sur de la manada. Cierto que estaban un poco apartados de los demás, pero otros se habían rezagado más. Y es que el hombre adquiere un sexto sentido cuando lleva bastante tiempo contemplando las pantallas de sonar; un instinto que le permite deducir más de lo normal de las motas en movimiento. Sin pensarlo, accionó el control que pondría en marcha las turbinas. El Sub 5 empezaba a moverse cuando resonaron tres golpes sordos en el casco, como si alguien llamase a la puerta y quisiera entrar.
–¡Que me aspen! –dijo Don–. ¿Cómo habéis llegado aquí?
No se molestó en encender la TV; habría reconocido la señal de Benj en cualquier parte. Las marsopas estaban sin duda en las cercanías y lo habían localizado antes de que él diese el toque de caza. Por milésima vez, se maravilló de su inteligencia y de su fidelidad. Era extraño que la Naturaleza hubiese realizado dos veces el mismo truco: en tierra, con el perro; en el océano, con la marsopa. ¿Por qué querían tanto estos graciosos animales marinos al hombre a quien debían tan poco? Esto hacía pensar que a fin de cuentas la raza humana valía algo, ya que podía inspirar una devoción tan desinteresada.
Se sabía desde hacía siglos que la marsopa era al menos tan inteligente como el perro y que podía obedecer órdenes verbales muy complejas. Todavía se estaban haciendo experimentos; si éstos tenían éxito, la antigua sociedad entre el pastor y el mastín tendría un nuevo modelo en la vida.
Don puso en marcha los altavoces ocultos en el casco del submarino y empezó a hablar con sus acompañantes. La mayoría de los sonidos que emitía no habrían significado nada a los oídos humanos; eran producto de una larga investigación por parte de los etólogos de la World Food Administration. Dio una orden y la reiteró para asegurarse de que lo habían comprendido. Después comprobó con el sonar que Benj y Susan lo estaban siguiendo a popa, tal como les había dicho.
Los cuatro ecos que le habían llamado la atención eran ahora más claros y cercanos, y el grueso de la manada de ballenas había pasado más allá, hacia el este. No temía una colisión; los grandes animales, incluso en su pánico, podían sentir su presencia con la misma facilidad con que él detectaba la de ellos, y por medios similares. Don se preguntó si debía encender su radiofaro. Ellos reconocerían su imagen sonora y esto les tranquilizaría. Pero el enemigo aún desconocido también podía reconocerle.
Se acercó para una interceptación y se inclinó sobre la pantalla como para extraer de ella, por pura fuerza de voluntad, hasta las menores informaciones que pudiese proporcionarle. Había dos grandes ecos, a cierta distancia entre ellos, y uno iba acompañado de un par de satélites más pequeños. Don se preguntó si llegaba demasiado tarde. Pudo imaginarse la lucha a muerte que se desarrollaba en el agua a menos de un par de kilómetros. Aquellas dos manchitas más débiles debían de ser el enemigo (tiburones o pequeños cetáceos asesinos) atacando a una ballena mientras una de sus compañeras permanecía inmovilizada por el terror, sin más armas para defenderse que sus poderosas aletas.
Ahora estaba casi lo bastante cerca para ver. La cámara de TV, en la proa del Sub 5, escrutó la penumbra, pero al principio sólo pudo mostrar la niebla de plancton. Entonces empezó a formarse en el centro de la pantalla una forma grande y vaga, con dos compañeras más pequeñas debajo de ella. Don estaba viendo, con la mayor precisión pero irremediablemente limitado por el alcance de la luz ordinaria, lo que el sonar le había comunicado.
Casi al instante, se percató del error que había cometido. Los dos satélites eran crías, no tiburones. Era la primera vez que veía una ballena con gemelos; aunque los partos múltiples no eran desconocidos, la ballena hembra sólo podía amamantar a dos pequeños a la vez y generalmente sólo sobrevivía el más vigoroso. Ahogó su contrariedad, el error le había costado muchos minutos y debía empezar la búsqueda de nuevo.
Entonces oyó el frenético golpeteo en el casco que significaba peligro. No era fácil asustar a Benj, y Don le gritó para tranquilizarlo mientras hacía girar el Sub 5 de manera que la cámara pudiese registrar las aguas a su alrededor. Se había vuelto automáticamente hacia la cuarta mota en la pantalla del sonar, el eco que había imaginado, por su tamaño, que era otra ballena adulta. Y vio que, a fin de cuentas, había localizado el sitio preciso.
–¡Dios mío! –exclamó en voz baja–. No sabía que los hubiese tan grandes.
En otras ocasiones había visto grandes tiburones, pero se trataba de vegetarianos inofensivos. Éste (pudo darse cuenta a primera vista) era un tiburón de Groenlandia, el asesino de los mares del Norte. Se creía que podía alcanzar hasta nueve metros de largo, pero este ejemplar era mayor que el Sub 5. No tenía menos de doce metros desde el hocico a la cola y, cuando él lo descubrió, se estaba ya volviendo contra su víctima. Como cobarde que era, iba a atacar a una de las crías.
Don gritó a Benj y a Susan, y observó que entraban a toda prisa en su campo visual. Se preguntó un instante por qué odiarían tanto las marsopas a los tiburones; entonces soltó los controles, dejando al piloto automático la tarea de enfocar el blanco. Retorciéndose y girando tan ágilmente como cualquier otra criatura marina de su tamaño, Sub 5 empezó a acercarse al tiburón, dejando en libertad a Don para concentrarse en el armamento.
El asesino estaba tan absorto en su presa que Benj lo pilló completamente desprevenido, golpeándole justo detrás del ojo izquierdo. Debió de ser un golpe doloroso: un morro duro como el hierro, impulsado por un cuarto de tonelada de músculos moviéndose a ochenta kilómetros por hora, es algo que ni los peces más grandes pueden menospreciar. El tiburón giró en redondo en una curva extraordinariamente cerrada y Don casi saltó de su asiento al virar de golpe el submarino. Si esto continuaba así, le sería difícil emplear el aguijón. Pero al menos el asesino estaba ahora demasiado ocupado como para pensar en sus presuntas víctimas.
Benj y Susan estaban acosando al gigante como los perros que muerden las patas de un oso furioso. Eran demasiado ágiles para ser presa de aquellas feroces mandíbulas, y Don se maravilló de la coordinación con que trabajaban. Cuando uno de ellos emergía para respirar, el otro esperaba un minuto para poder seguir el ataque con su compañero.
Parecía que el tiburón no se daba cuenta de que un adversario mucho más peligroso se le estaba viniendo encima y que las marsopas no eran más que una maniobra de distracción. Esto convenía mucho a Don; la próxima operación sería difícil, a menos que pudiese mantener un rumbo fijo durante quince segundos como mínimo. En caso de necesidad, podía usar los pequeños torpedos, y sin duda lo habría hecho si hubiese estado solo frente a una bandada de tiburones. Pero la situación era confusa y había un sistema mejor. Prefería la técnica del estoque a la de la granada de mano.
Ahora estaba a tan sólo quince metros de distancia y se acercaba con rapidez. Nunca se le ofrecería una oportunidad mejor. Apretó el botón de lanzamiento.
De debajo de la panza del submarino salió disparado algo que parecía una raya. Don había reducido la velocidad de la embarcación; ahora ya no tenía que acercarse más. El pequeño proyectil, en forma de flecha y de sólo medio metro de anchura, podía moverse más de prisa que la embarcación y recorrería el trayecto en pocos segundos. Mientras avanzaba a gran velocidad, fue soltando el fino cable de control, como una araña subacuática desprendiendo su hilo. A lo largo del cable pasaba la energía que impulsaba al aguijón y las señales que lo dirigían hacia el objetivo. Don se había olvidado completamente de su propia embarcación, en su esfuerzo por guiar aquel misil submarino. Respondía tan de prisa a su contacto que tuvo la impresión de que estaba controlando un sensible y enérgico corcel.
El tiburón vio el peligro menos de un segundo antes del impacto. El parecido del aguijón con una raya corriente le había confundido, tal como habían pretendido los diseñadores del arma. Antes de que el pequeño cerebro pudiese darse cuenta de que ninguna raya se comportaba de aquella manera, el misil dio en el blanco. La aguja hipodérmica de acero, impulsada por la explosión de un cartucho, atravesó la dura piel del tiburón y éste saltó en un frenesí de pánico. Don puso rápidamente marcha atrás, pues un coletazo le haría saltar como un guisante en un bote y podría incluso causar daño al Sub 5. Ahora no podía hacer nada más, salvo hablar por el micrófono y llamar a sus mastines.

El maldito asesino estaba tratando de arquear el cuerpo para poder arrancarse el dardo envenenado.
Don había guardado ya el aguijón en su escondite, satisfecho de haber podido recobrar indemne el misil. Observó despiadadamente cómo el monstruo sucumbía a su parálisis.
Sus movimientos se estaban debilitando. Nadaba sin rumbo y, en una ocasión, Don tuvo que apartarse hábilmente a un lado para evitar un choque. Al perder el control de flotación, el animal ascendió moribundo a la superficie. Don no trató de seguirlo; esto podía esperar hasta que hubiese resuelto asuntos más importantes.
Encontró a la ballena y a sus dos crías a un kilómetro y las examinó minuciosamente. Estaban ilesas, y no había necesidad por tanto de llamar al veterinario, en su especial submarino de dos plazas, capaz de resolver cualquier crisis cetológica, desde un dolor de estómago a una cesárea. Don tomó nota del número de la madre, grabado debajo de las aletas. Las crías, a juzgar por su tamaño, eran de esta temporada y aún no habían sido marcadas.
Don estuvo un rato observando. Ya no estaban alarmadas, y una comprobación por el sonar le había mostrado que la manada había interrumpido su desaforada fuga. Se preguntó cómo podían saber lo que había ocurrido; se había aprendido mucho sobre la comunicación entre ballenas, pero muchas cosas aún seguían siendo un misterio.
–Espero que me agradezca lo que he hecho por usted, señora –murmuró.
Entonces, mientras pensaba que cincuenta toneladas de amor maternal era un espectáculo realmente asombroso, vació los depósitos y ascendió a la superficie.
El mar estaba en calma, por lo que abrió el compartimiento estanco y asomó la cabeza por la pequeña torre. El agua se hallaba a sólo unos centímetros de su barbilla, y de vez en cuando una ola hacía un decidido esfuerzo para inundar la embarcación. Había poco peligro de que esto ocurriese pues había fijado la escotilla de manera que era como un tapón completamente eficaz.
A quince metros de distancia, un bulto largo y de color de pizarra, como una barca panza arriba, se estaba meciendo en la superficie. Don lo miró e hizo algunos cálculos mentales. Una bestia de este tamaño sería muy valiosa: con un poco de suerte, tal vez conseguiría una doble recompensa. Dentro de unos minutos radiaría su informe, pero de momento era agradable respirar el aire fresco del Atlántico y sentir el cielo despejado sobre su cabeza.
Una bomba gris saltó desde las profundidades y volvió a caer sobre la superficie del agua, salpicándolo de espuma. No era más que la modesta manera que tenía Benj de llamar su atención; un instante después, la marsopa se encaramó a la torre, para que Don pudiera acariciarle la cabeza. Sus ojos grandes e inteligentes se fijaron en él: ¿era mera imaginación, o bailaba en sus pupilas un regocijo casi humano?
Como de costumbre, Susan se mantuvo tímidamente a distancia hasta que los celos pudieron más que ella y empujó a Benj a un lado. Don distribuyó sus caricias con imparcialidad y se disculpó porque no tenía nada para darles. Decidió reparar esta omisión en cuanto regresase al Herman Melville.
–También iré a nadar con vosotras –prometió– con tal de que os portéis bien la próxima vez.
Se frotó reflexivamente un gran cardenal producido por las ganas de jugar de Benj, y se preguntó si no era ya un poco viejo para juegos tan duros como éste.
–Es hora de volver a casa –dijo firmemente, metiéndose en la cabina y cerrando de golpe la escotilla. De pronto notó que estaba hambriento y que aún no había tomado el desayuno. No había muchos hombres en el mundo con más derecho que él a la comida de la mañana. Había salvado para la humanidad más toneladas de carne, aceite y leche de lo que se podría calcular.
Don Burley era el guerrero feliz, volviendo a casa después de una batalla que el hombre siempre tendría que librar. Estaba manteniendo a raya el espectro del hambre con el que había tenido que enfrentarse la humanidad en todas las etapas anteriores, pero que nunca volvería a amenazar al mundo mientras los grandes cultivos de plancton produjesen millones de toneladas de proteínas, y las manadas de ballenas obedeciesen a sus nuevos amos.
El hombre había vuelto al mar después de eones de exilio; hasta que se congelasen los océanos, no volvería a tener hambre...
Don miró la pantalla al fijar el rumbo. Sonrió al ver los dos ecos que sostenían el ritmo de la mancha de luz central correspondiente a su embarcación.
–Aguantad –dijo–. Los mamíferos debemos mantenernos juntos.
Entonces puso en marcha el piloto automático y se retrepó en su asiento.

Y ahora Benj y Susan oyeron un ruido muy peculiar que subía y bajaba contra el zumbido de las turbinas. Se había filtrado débilmente a través de las paredes de Sub 5, y sólo los sensibles oídos de las marsopas podían haberlo detectado. Pero por muy inteligentes que fuesen, difícilmente se hubiese podido esperar que comprendiesen por qué Don Burley estaba anunciando, en voz estridente, que se estaba dirigiendo a la Última Ronda...



miércoles, 15 de junio de 2016

BESTIARIO DE CIENCIA FICCIÓN - UNA NUEVA VISIÓN: EL REY DE LAS BESTIAS POR PHILIP JOSÉ FARMER

Hola Gente!! el día de hoy he decidido comenzar a compartirles mi antología de ciencia ficción favorita. Les platico, son una serie de historias cortas dividas en 6 categorias:
Una nueva visión
Perros y lobos
Bestias creadas por la ciencia
Bestias terrestres
Bestias de otros mundos 
Zoologos, biologos y cazadores
La mayoría de los relatos fueron recopilados por Robert Silverberg y algunos otros han sido agregados por mi, si conocen algunos otros que crean deberían estar aquí agradecería mucho me los compartieran.
Y bueno empiezo con el más corto de esta serie, el plan es compartir al menos 1 por semana, espero lo disfruten tanto como yo.




El rey de las bestias
Philip José Farmer
The king of the beasts, © 1964 by Galaxy Publishing Corporation. Traducido por ? en nueva dimensión 51, Noviembre de 1973.

El biólogo estaba mostrándole al visitante el laboratorio y el zoo.
–Nuestro presupuesto –dijo–, es demasiado limitado para recrear todas las especies extintas conocidas. Así que devolvemos a la vida sólo los animales superiores, los más bellos que fueron cruelmente exterminados. Por así decirlo, estoy tratando de compensar la crueldad y la estupidez. Se podría decir que el hombre abofeteaba el rostro de Dios cada vez que aniquilaba una especie del reino animal.
Hizo una pausa, y miraron más allá de los fosos y los campos de fuerza. Los cervatillos brincaban y galopaban, mientras el Sol les iluminaba los flancos. La foca sacaba sus humorísticos bigotes del agua. El gorila atisbaba tras los bambúes. Las palomas mensajeras se atusaban las plumas. Un rinoceronte trotaba como un cómico acorazado. Una jirafa los miró con delicados ojos y luego volvió a comer hojas.
–Ahí está el dronte. No es hermoso, pero es muy raro, y totalmente inerme. Venga, le mostraré el proceso de recreación.
En el gran edificio pasaron junto a hileras de voluminosos y altos tanques. Podían ver claramente por las ventanas de sus flancos, y a través de la gelatina interior.
–Esos son embriones de elefantes africanos –dijo el biólogo–. Planeamos producir una gran manada y soltarla en la nueva reserva gubernamental.
–Casi se le puede ver irradiar felicidad –dijo el distinguido visitante–. Ama mucho a los animales, ¿no?
–Amo todo lo vivo.
–Dígame –dijo el visitante–, ¿de dónde obtiene los datos para la recreación?
–Principalmente de esqueletos y pieles que había en los antiguos museos. Y de libros y películas que hemos encontrado en excavaciones arqueológicas y que hemos logrado restaurar y luego traducir. ¡Ah!, ¿ve esos grandes huevos? En su interior están gestándose los polluelos del gran moa. Y casi a punto para ser sacados del tanque se hallan los cachorros de tigre. Cuando estén crecidos serán peligrosos, pero estarán confinados en la reserva.
El visitante se detuvo ante el último de los tanques.
–¿Sólo uno? –preguntó–. ¿Qué es?
–Pobrecillo –dijo el biólogo ahora triste–. ¡Estará tan solo! Pero yo le daré todo el cariño que pueda.
–¿Es tan peligroso? –preguntó el visitante–. ¿Peor que los elefantes, tigres, y osos?
–Tuve que conseguir un permiso especial antes de hacer crecer este –explicó el biólogo; su voz temblaba.
El visitante dio un paso hacia atrás asustado, apartándose del tanque. Y exclamó:
–Entonces, debe de ser... ¡Pero no, no se atrevería!
El biólogo asintió con la cabeza.

–Sí, es un hombre.

viernes, 14 de febrero de 2014

VENENO, KATHERINE MANSFIELD


Poison
Copyright  © by Katherine Mansfield. Reprinted by permission of The Society of Authors, London, representatives of the Estate of Katherine Mansfield,
 Los derechos de la imagen le corresponden a su respectivo autor@
Traducción de
Irene Peypoch

El correo tardaba mucho. Cuando volvimos de nuestro paseo después del desayuno, aún no había llegado.
—Pas encoré, madame —cantó Annette, escabulléndose de nuevo hacia la cocina.
Llevamos nuestros paquetes al comedor. La mesa estaba puesta. Como siempre, la vista de la mesa arreglada para dos, dos personas solas, tan acabada, tan perfecta, que no dejaba lugar para un tercero, me producía un extraño y rápido estremecimiento, como si hubiese sido golpeado por aquel resplandor plateado que vibraba sobre el mantel blanco, las copas brillantes y el tazón poco profundo lleno de flores amarillas.
—¡Dichoso cartero! ¿Qué puede haberle ocurrido? —exclamó Beatrice—. Deja estas cosas por ahí, querido.
—¿Dónde las quieres?
Levantó la cabeza y sonriéndome con su modo suave y burlón, dijo:
—Bobo... en cualquier sitio.
Pero sabía perfectamente que tal lugar no existía para ella, y habría preferido quedarme durante meses sosteniendo la botella de licor y los pasteles, antes que arriesgarme a producir el más ligero sobresalto a su exquisito sentido del orden.
—Dámelos, yo los guardaré. —Los dejó caer sobre la mesa, junto con sus guantes largos y una canasta de higos—. «La Mesa del Desayuno», historia corta por... por... —me asió por el brazo—. Salgamos a la terraza... —la sentí estremecerse—, ça sent —dijo tenuemente—, de la cuisine...
Me había dado cuenta últimamente, hacía dos meses que vivíamos en el sur, que cuando quería hablar de comida, del clima o sencillamente de su amor por mí, siempre empleaba el francés.
Nos sentamos en la balaustrada, bajo la marquesina. Beatrice estaba inclinada, mirando a lo lejos..., hacia la carretera blanca con su defensa de cactus espinosos. La belleza de su oreja, tan sólo su oreja, tan maravillosa que habría podido dejar de mirarla y gritar hacia toda aquella extensión de mar centelleante que teníamos debajo:
«Saben..., su oreja... Tiene unas orejas que son simplemente lo más,..»
Iba vestida de blanco, perlas blancas alrededor de su garganta y lirios del valle prendidos en el cinturón. En el tercer dedo de la mano izquierda lucía un anillo con una perla... No llevaba anillo nupcial.
—¿Por qué llevarlo, mon ami? ¿Para qué fingir? ¿A quién crees que le importe?
Y claro está, estuve de acuerdo, aunque en mí interior, en lo mas profundo de mi corazón, habría dado mi alma para poder estar a su lado en una gran, si, gran iglesia de moda, atestada de gente, con un cura viejo y La Voz que alentó en el Paraíso, con ramos de laurel y olor a incienso, sabiendo que había una alfombra roja y papelillos de colores en el exterior, y en algún sitio, un pastel de boda, champaña y un zapato-de raso atado a la parte trasera del coche... si hubiese podido deslizar nuestro anillo de bodas en su dedo..,.
«Oh, Dios,,. Qué felicidad torturante..., qué angustia...»
Miré hacia la casa, hacia la ventana de nuestra habitación tan misteriosamente oculta tras las persianas verdes. ¿Era posible que llegase moviéndose a través de la luz verde, sonriendo con aquella sonrisa secreta, la lánguida y brillante sonrisa que era sólo para mí? Puso su brazo alrededor de mi cuello; con la otra mano, suave, terriblemente., me echó el cabello hacia atrás,
«¿Quién eres? ¿Quien era ella? Era…  la Mujer.»
La primera tarde tibia de primavera, cuando las luces brillaron como perlas a través del perfume de las liras y de voces que murmuraban en los jardines florecientes, fue cuando cantó en la casa alta con las cortinas de tul. Como quien marchaba bajo la luz de la luna a través de la ciudad desconocida, suya era la sombra que surgió a través del oro tembloroso de los postigos. Cuando se encendió la lámpara en la quietud recién nacida, sus pasos cruzaron tu puerta. Y miró hacia fuera, hacia el crepúsculo de otoño, pálida en sus pieles, mientras el coche se deslizaba...
El caso es que para no alargarme demasiado, en aquel momento yo tenía veinticuatro años. Y cuando se recostó en su asiento, con las perlas resbalando bajo la barbilla, y suspiró: «Tengo sed, querido. Donne-moi un orange», alegremente, con gusto, habría sacado una naranja de las fauces de un cocodrilo-,» si los cocodrilos comieran naranjas»
Beatrice canto:
«Tuve  yo dos pequeñas  alas
y donde un pajarilla alado...»
La cogí de la mano.
—¿No  te  irás  volando?
—No muy lejos; a lo sumo al final de la carretera.
—¿Y por qué allí?
—«El no llega, dijo ella...» —citó.
—¿Quién? ¿El viejo cartero? Pero si no estás esperando ninguna carta,
—No, pero es igualmente molesto,,. ¡Ah! —-De pronto se echó a reír y se me acercó—. Mírale, allí viene… Parece un escarabajo azul»
Juntamos nuestras mejillas y observamos como el escarabajo azul empezaba a subir la cuesta. —Querido —susurró Beatrice.
Y  la palabra pareció quedarse en el aire, vibrando como la nota de un violín,
—¿Qué hay?
—No lo sé —rió suavemente—. Una oleada...  una oleada  de  afecto, supongo. La rodeé con el brazo. —¿Entonces  no  te  irás  volando? Contestó rápida y suavemente:
—¡No, no! Por nada del mundo. De verdad… me gusta este lugar. Me encanta estar aquí. Me parece que podría quedarme durante años. Nunca había sido tan feliz como en estos dos últimos meses, y tú, querido, has sido tan perfecto para mí, en todos los sentidos.
Era tan hermoso, tan extraordinario y sin precedente oírla hablar de aquel modo, que procuré no darle importancia.
—¡Por favor! Parece que te estés despidiendo.
—Tonterías, tonterías. ¡Estas cosas no las digas ni en broma! —deslizó su pequeña mano bajo mi chaqueta blanca y asió mi hombro—. Has sido feliz aquí, ¿verdad?
—¿Feliz? ¿Feliz? Oh, Dios, si supieras lo que siento en este momento. ¿Feliz? ¡Mi tesoro!  ¡Mi alegría!
Solté la balaustrada y la abracé, levantándola en mis brazos. Y mientras la mantenía en alto, hundí mi cara en su seno, diciéndole:
—¿Eres mía?
Y   por primera vez en todos aquellos desesperados meses en que la conocí, aun contando el último mes de...   seguramente…   Cielos,   creí  en  ella   cuando  me contestó:
—Sí,   soy  tuya.
El ruido de la verja y los pasos del cartero sobre la grava nos separaron. Me sentía como mareado. Permanecí allí sonriendo, y por lo que me pareció, bastante estúpidamente. Beatrice se acercó a las sillas de junco,
—¿Vas a ver… a ver si hay cartas? —preguntó.
Me incorporé, casi tambaleándome, Pero era demasiado tarde, Annette llegaba corriendo.
—Pas de lettres —dijo.
Mi sonrisa atolondrada cuando me tendía los diarios, debió haberla sorprendido. Estaba loco de felicidad. Lancé los periódicos al aire y cantes
—¡No hay cartas, querida!
Al reunirme con ella, la mujer amada estaba tendida en una tumbona.
Por un momento, no contestó. Después dijo lentamente, mientras rasgaba la envoltura del periódico:
—Los que olvidan el mundo son olvidados por él.
Hay ocasiones en que la única cosa posible es encender un cigarrillo. Es más que un aliado, un pequeño amigo, leal y secreto que lo sabe todo y lo comprende todo perfectamente. Mientras fumas, lo miras, sonriente o serio, según lo pide la ocasión. Inhalas profundamente y expeles el humo en un lento abanico. Aquel era uno de esos momentos. Fui hacia la magnolia y aspiré su perfume. Después volví a su lado y me recosté contra su hombro. Entonces tiró con rapidez el periódico al suelo.
—No dice nada —afirmó ella—. Nada. Hay únicamente un juicio por envenenamiento. Si un hombre mató o no a su esposa. Y por ello veinte mil personas se han sentado diariamente en el tribunal y dos millones de palabras han sido radiadas a todo el mundo después de cada sesión,
—Estúpido mundo —repuse yo, dejándome caer en otra silla.
Quería olvidar el periódico, volver, claro está que paulatinamente, al instante que precedió a la llegada del cartero. Pero cuando habló, supe por su voz que el momento había pasado. No importaba. Me gustaba esperar, quinientos años si era necesario, ahora que lo sabía.
—No tan estúpido —dijo Beatrice—. Después de todo, por parte de esas veinte mil personas, no es sólo mórbida curiosidad.
—¿Qué es, entonces, querida? —el cielo sabía que no me importaba.
—¡Culpabilidad! —gritó—. ¡Culpabilidad! ¿No te das cuenta? Están fascinados como la gente enferma se deja fascinar por pequeñas noticias sobre su propio caso. El hombre del banquillo puede ser inocente, pero la mayoría de las personas que asiste al juicio, son envenenadores. ¿No se te ha ocurrido pensar —estaba pálida por la excitación— en la cantidad de envenenadores que andan sueltos? En los matrimonios, la excepción la forman los que no tratan de envenenarse el uno al otro. Los matrimonios y los amantes. ¡Oh! —gritó—. El número de tazas de té, vasos de vino, tazas de café que están contaminadas. Las que me han dado a mí y he bebido, sabiéndolo o sin saberlo..., arriesgándome a ello. La única razón por la que muchas parejas —se rió— sobreviven, es porque uno teme darle al otro la dosis fatal. Para esa dosis se necesita empuje. Pero está destinada a llegar más pronto o más tarde. Una vez se ha dado la primera pequeña dosis, ya no hay modo de volverse atrás. Es el principio del fin, desde luego... ¿No estás de acuerdo? ¿Comprendes lo que quiero decir?
No esperó a que le contestase, se quitó los lirios del valle y se recostó pasándoselos ante los ojos.
—Mis dos maridos me envenenaron —dijo Beatrice. —El primero me dio una fuerte dosis casi inmediatamente, pero el segundo fue un verdadero artista. Sólo unas gotas, una y otra vez, bien disimuladas.., ¡Oh, tan bien disimuladas!... Hasta que una mañana desperté y en todo mi cuerpo, hasta la punta de los dedos, había un matiz especial. Llegué a tiempo…
Oírle mencionar a sus maridos con tanta calma, especialmente en aquel momento, era doloroso. No pude soportarlo. Me disponía a hablar cuando de pronto ella gritó lúgubremente:
—¿Por qué? ¿Por qué tenía que pasarme a mí? ¿Qué he hecho? ¿Por qué toda mi vida ha sido marcada? Es una conspiración.
Traté de explicarle que ella era demasiado perfecta para aquel mundo horrible…, demasiado exquisita, demasiado fina. Asustaba a la gente. Bromeé,
—Pero... yo no he tratado de envenenarte,
Beatrice rió tenuemente de un modo extraño y mordisqueó el tallo de un lirio.
—¡Tú! —exclamó—. ¡Si no eres capaz de hacerle daño a una mosca!
Curioso. Aquello me hizo daño. Mucho daño.
En aquel momento llegó Annette con nuestros apéritifs. Beatrice se sentó, tomó una copa de la bandeja y me la tendió. Vi el brillo de la perla en lo que yo llamaba su dedo perlado. ¿Por qué me había sentido herido por sus palabras?
—¿Y tú no has envenenado a nadie? —pregunté, tomando la copa.
Aquello me dio una idea y traté de explicársela.
—Tú... tú haces lo contrario. Cómo llamarías a alguien como tú, que en vez de envenenar a las personas, las llenas a todas, al cartero, a nuestro chófer, al barquero, a la florista, a mí... de una nueva vida, con algo que irradia, tu belleza, tu...
Sonrió soñadoramente y soñadoramente me miró,
—¿En qué estás pensando, mi delicioso amor?
—Me preguntaba —dijo— si después de comer te importaría ir al pueblo y pedir el correo de la tarde. ¿Podrás hacerlo, querido? No es que espere ninguna carta, pero... pensé que quizá... sería tonto no tenerlas si están allí. ¿No te parece? Sería absurdo esperar hasta mañana.
Dio la vuelta entre sus dedos al pie de su copa…  Inclinaba la hermosa cabeza.  Levanté mi copa y bebí bastante…  Sorbía lenta, deliberadamente, mirando la cabeza oscura y pensando en… carteros, escarabajos azules y adioses que no son adioses y…
¡Dios mío!  ¿No era aquello sorprendente?  No, no era sorprendente.  La bebida tenía un sabor estremecedor, amargo, curioso.